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81ª Entrega ( 08-10-08)
“ALACRANES EN SU TINTA”, de
Juan Bas, es un onírico relato en el que el haragán bilbaíno Pacho Murga nos
cuenta la vida de Antontxu Astigarraga “Asti”: un Capitán Haddock venido a
menos, aunque alcohólico e irascible como el original, con un oscuro pasado en
el que se mezcla Franco y la ETA,
con el trasfondo de la cocina de autor y los exquisitos pintxos vascos. He aquí
un extracto de la delirante juerga que
se pegan los protagonistas en “La
Cocina del Infierno”, un antro de Bilbao que nada tiene que
envidiarle a “La Teta Enroscada”
de “Abierto hasta el amanecer”. Ah, para colmo, el protagonista tiene un
perrito llamado Milo... Sólo le falta el tupé rubio y los bombachos, me cagüen
la mar!
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“Sólo conservo
del crescendo de la multiintoxicación flashes visuales y algunas impresiones:
cuando quise ir a mear, me equivoqué de puerta y entré a un sitio que debía
servir de almacén o depósito de cadáveres, en tinieblas, donde me tocó la cara
algo que podían ser telarañas y otro elemento, pulposo, de origen desconocido y
tal vez numeroso; Lon Chaney en pleno delirio romántico, bebiendo pis en la
botorra chiruca de una de las arpías; Asti sacándole las inmensas tetazas del
escote a su camarada y chupándoselas con fruición: efectivamente, los pezones
eran como mandos de televisiónantigua; cuando por fin atiné con el retrete,
pero me encontré en él a dos de las ninfas atareadas con sus respectivas llagas
–no pude aguantar más, oriné en el desportillado lavabo y ahogué a una
cucaracha-; otra de las arpías, desnuda de cintura para abajo, velluda como un
oso, que danzaba -¡al ritmo de las canciones de Mari Trini!- a medio camino
entre el ballet y el cancán y realizó un grand écart que, como en el chiste
clásico, la dejó pegada por succión a las baldosas del suelo que no conocía fregona;
Asti levantando por encima de la cabeza a Lon Chaney y arrojándola por detrás
de la barra; Milo con el cipotín tieso, atendido por otra de las guarras; la
gorda desnuda por Asti y desparramada sobre la barra como la montaña mágica
tras una carga de dinamita; Lon Chaney que, sorpresas de la vida, bajo el
sudario escondía un cuerpo con tetillas de perra pero grupa más que aceptable,
dejándose lamer el despelujado higo por la menos fea, que guardaba una sorpresa
dentro del pantalón de pocero y después la enculó contra la pared; Asti en
pelota con unas bragas de leopardo en la cabeza que parecían el pellejo
completo del animal, encaramado a la gorda y follándola furiosamente no más de
los sesenta segundos canónicos a pesar de la carga que llevaba encima...”
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80ª Entrega (19-01-08)
“LOS CRÍMENES DE OXFORD”, de
por Guillermo Martínez.
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“En las
primeras veinticuatro horas, después del rigor mortis, empieza la
deshidratación. La sangre deja de transportar oxígeno, la córnea pierde
transparencia, el iris y las pupilas se deforman, la piel se arruga. El segundo
día se inicia la putrefacción en el intestino grueso y aparecen las primeras
manchas verdosas. Los órganos interiores quedan inutilizados, los tejidos se
ablandan. El tercer día la descomposición avanza, los gases hinchan el abdomen
y un verde marmóreo invade todos los miembros. Del cuerpo emana el compuesto de
carbono y oxígeno, el olor penetrante de un bistec que estuvo demasiado tiempo
fuera de la heladera: empieza el festín de la fauna cadavérica y de los
insectos necrófagos. Cada uno de estos procesos, cada intercambio de energía,
involucra una pérdida irreversible, no hay modo de recuperar ninguna función
vital. Sí. Al cabo del tercer día, Cristo hubiera sido un deshecho monstruoso
incapaz de erguirse, pestilente y ciego. Ésta es la verdad. Pero a quién le
interesa la verdad, ¿no es cierto?”
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“EL
EGOISTA”, de Nativel
Preciado.
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"Apenas me quedan amigos. Un hombre
como yo, al final, se va quedando sin amigos. Se pierden porque no se
puede
contar con ellos o, mejor dicho, porque ellos no pueden contar contigo.
Por eso
se habla de la soledad del poder. Una de las peores soledades es verse
obligado
a prescindir del amigo en función de las exigencias del momento
o contar con otros
a los que se conoce circunstancialmente porque en esos momentos son
más útiles
que el amigo."
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Acertada
(o no) reflexión
sobre la juventud. Y con esto nos despedimos ya de “LA NARANJA MECÁNICA”,
de Anthony Burgess.
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“Sí sí sí, eso
era. La juventud tiene que pasar, ah, sí. Pero en cierto modo
ser joven es como
ser un animal. No, no es tanto ser un animal sino uno de esos
muñecos malencos
que venden en las calles, pequeños chelovecos de hojalata con un
resorte dentro
y una llave para darles cuerda fuera, y les das cuerda grrr grrr grrr y
ellos
itean como si caminaran, oh hermanos míos. Pero itean en
línea recta y
tropiezan contra las cosas bang bang y no pueden evitar hacer lo que
hacen. Ser
joven es como ser una de esas malencas máquinas.”
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¿Por
qué será que los
métodos policiales están igual de bien vistos en todas
partes?. Extraído de “LA
NARANJA MECÁNICA”, de Anthony Burgess.
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“Entonces los
militsos(*) se dedicaron a preparar una
larga declaración que yo tendría que firmar; y yo
pensé, infierno y basura, si
ustedes bastardos están del lado del Bien, me alegro de
pertenecer al otro
club."
(*) militsos = policías
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Un momentito de relajación.
Tumbado en la cama, escuchando a la Filarmónica
de Macon (Georgia), Alex deja a la
imaginación campar por sus respetos. Otro memorable extracto de “LA NARANJA
MECÁNICA” de Anthony
Burgess. De nuevo se avisa al lector que si ve que no entiende ni jota,
puede
a) pensar e imaginar, ó b) usar un glosario
nadsat-castellano –los hay a
cientos por internet.
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“Mientras
slusaba, los glasos firmemente cerrados en el éxtasis que era
mejor que
cualquier Bogo de synthemesco, entreví maravillosas
imágenes. Eran vecos y
ptitsas, unos jóvenes y otros starrios, tirados en el suelo y
pidiendo a gritos
piedad, y yo smecaba con toda la rota y descargaba la bota sobre los
litsos. Y
había débochcas desgarradas y crichando contra las
paredes, y yo me hundía en
ellas como una schlaga, y cuando la música, que tenía un
solo movimiento, llegó
a su total culminación, yo, tendido en mi cama con los glasos
bien apretados y
las rucas tras la golová, sentí que me quebraba, y
spataba, y exclamaba aaaaah,
abrumado por el éxtasis. Y así la bella música se
deslizó hacia el final
resplandeciente.”
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Y
ahora un poco de
ultraviolencia de la mano de vuestro druguito Alex. De Anthony Burgess,
“LA NARANJA
MECÁNICA”.
Un aviso, si
veis que no entendéis ni jota, podéis a) pensar e
imaginar, ó b) usar un glosario nadsat-castellano
–los hay a cientos por internet.
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“La vieja
Slouse, la mujer, estaba como petrificada detrás del mostrador.
Calculamos que
se pondría a crichar asesinos si le
dábamos tiempo, así que pegué la vuelta al
mostrador muy scorro y la sujeté, y
vaya paquete joroschó que era, toda nuqueando a perfume y con
los grudos flojos
que se bamboleaban como flanes. Le apliqué la ruca sobre la rota
para que
dejase de aullar muerte y destrucción a los cuatro vientos
celestiales, pero la
muy perra me dio un mordisco grande y perverso y yo fui el que
crichó, y ella
abrió la bocaza chillando para atraer a los militsos. Bueno,
hubo que
tolchocarla como Dios manda con una de las pesas de la balanza, y
después darle
un buen golpe con una barra de abrir cajones, y ahí le
salió la colorada como
una vieja amiga. La tiramos al suelo y le arrancamos los platis para
divertirnos un poco, y le dimos una patadita suave para que dejara de
quejarse.
Y al verla ahí tendida con los grudos al aire, me
pregunté si lo haría o no,
pero decidí que eso era para después. De modo que
limpiamos la caja, y las
ganancias de la noche fueron joroschó, y después de
servirnos algunos paquetes
de los mejores cancrillos, hermanos míos, nos largamos a la
calle”
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74ª Entrega (25-03-07)
Y
más de Ildefonso Falcones,
“LA CATEDRAL DEL
MAR”.
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“- Presta
dinero a los pobres –continuó el noble-, un dinero que sabe que
no recuperará
nunca. Dios creó a los ricos... y a los pobres. No puede ser que
los pobres
tengan dinero y casen a sus hijas como si fueran ricos;
contraría el designio
de Nuestro Señor. ¿Qué van a pensar esos pobres,
de vosotros los eclesiásticos
o de nosotros los nobles? ¿Acaso no cumplimos los preceptos de la
Iglesia
tratando a los
pobres como lo que son? Arnau es un diablo hijo de diablos y no hace
sino
preparar la venida del diablo a través del descontento del
pueblo. Pensadlo.”
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73ª Entrega (24-03-07)
Más
de Ildefonso Falcones, “LA CATEDRAL DEL MAR”.
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“Aunque tan
malas cosas sean los diablos y tanto mal hagan, y que en el infierno
están, no
me importarían todos esos males y no me importaría estar
en el infierno, con
tal de que estuviese y habitase con diablos como ésos. Y ahora
sé que los
diablos del infierno no son tan malas cosas como dicen, y ahora
sé que haría
bien en estar en el infierno, puesto que tales diablos hay allí
y con tales
debería estar. Y así fuese yo con ellos, Dios lo quiera.”
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72ª Entrega (23-03-07)
De
Ildefonso Falcones, “LA CATEDRAL DEL MAR”, un libro que
nadie se debería perder...
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“Bernat –le
advertía seriamente en las ocasiones en que la
Iglesia se
convertía en
blanco de su ira-, nunca te fíes de quienes dicen servir a Dios.
Te hablarán
con serenidad y buenas palabras, tan cultas que no alcanzarás a
entenderlas.
Tratarán de convencerte con argumentos que sólo ellos
saben hilvanar hasta
adueñarse de tu razón y tu conciencia. Se
presentarán a ti como hombres
bondadosos que dirán querer salvarnos del mal y de la
tentación, pero en
realidad su opinión sobre nosotros está escrita y todos
ellos, como soldados de
Cristo que se llaman, siguen con fidelidad aquello que está en
los libros. Sus
palabras son excusas y sus razones, idénticas a las que
tú podrías darle a un
mocoso.”
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71ª Entrega (22-03-07)
Ya
teníamos olvidada la
fibra para ir al báter, eh! Nada, nada, aquí va una nueva
entrega de
literatura, para esos raticos de reflexión a la luz del inodoro.
De Donna León,
“MUERTE EN LA FENICE”.
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“Por razones
que no había llegado a comprender, su mujer leía cada
mañana un diario
diferente, abarcando el espectro político desde la derecha a la
izquierda,
además de las lenguas francesa e inglesa. Años
atrás, a poco de conocerla,
cuando la entendía aún menos que ahora, le había
preguntado por qué. La
respuesta que ella le dio era perfectamente racional, aunque él
no supo verla
así hasta años después; “Quiero descubrir de
cuántas maneras diferentes se
pueden decir las mismas mentiras”.
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Frank McCourt ganó un premio
Pulitzer por “Las cenizas de Ángela”, libro con el que ya nos
deleitamos
anteriormente (ver
entregas 1 y 2 de esta colección). Después
siguió
contándonos su vida en “Lo es”, y “EL PROFESOR”. En este tercer
libro nos narra
un curioso capítulo que le ocurrió cuando su psiquiatra
americano le recomendó
participar en una terapia de grupo...
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“En aquel
grupo se decían cosas horrorosas. Se hablaba de relaciones
sexuales mantenidas
con padres, madres, hermanos, hermanas, tíos que venían
de visita, la esposa de
un rabino, un setter irlandés, relaciones sexuales con un tarro
de hígados de
pollo, relaciones sexuales con un hombre que había venido a
arreglar la nevera
y se quedó varios días con la ropa tirada por el suelo de
la cocina. Aquellas
eran cosas que uno sólo le contaría a un cura, pero a
aquella gente del grupo
no les importaba revelar sus secretos al mundo. (... ...) D.H. Lawrence
y el
Marqués de Sade se hubieran quedado horrorizados si hubieran
asistido a aquel
grupo.
(……)
Un
día se
produjo un silencio después de que un hombre contara que
había ido a misa y se
había llevado a su casa la hostia para masturbarse encima. Dijo
que había sido
su manera de cortar toda relación con la Iglesia
Católica Apostólica y
Romana, y que le había resultado tan emocionante que
solía repetir el
jueguecito sólo por lo divertido que era. Sabía que no
había en el mundo ningún
cura que estuviera dispuesto a absolverlo de tal abominación.”
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Disfrutamos hoy de una
comida familiar, típica dominguera, a la que Mariano José
de Larra nos invita
en el relato “EL CASTELLANO VIEJO”, publicado en “El pobrecito
hablador” el 11
de diciembre de 1.832
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“A
todo esto,
el niño que a mi izquierda tenía, hacía saltar las
aceitunas a un plato de
magras con tomate, y una vino a parar a uno de mis ojos, que no
volvió a ver
claro en todo el día; y el señor gordo de mi derecha
había tenido la precaución
de ir dejando en el mantel, al lado de mi pan, los huesos de las suyas,
y los
de las aves que había roído; el convidado de enfrente,
que se preciaba de
trinchador, se había encargado de hacer la autopsia de un
capón, o sea gallo,
que esto nuca se supo; fuese por la edad avanzada de la víctima,
fuese por los
ningunos conocimientos anatómicos del victimario, jamás
aparecieron las
coyunturas. “Este capón no tiene coyunturas”, exclamaba el
infeliz sudando y
forcejeando, más como quien cava como quien trincha. ¡Cosa
más rara! En una de
las embestidas resbaló el tenedor sobre el animal como si
tuviera escama, y el
capón, violentamente despedido, pareció querer tomar su
vuelo como en sus
tiempos más felices, y se posó en el mantel
tranquilamente como pudiera en un
palo de gallinero.
El
susto fue
general y la alarma llegó a su colmo cuando un surtidor de
caldo, impulsado por
el animal furioso, saltó a inundar mi limpísima camisa:
levántase rápidamente a
este punto el trinchador con ánimo de cazar el ave
prófuga, y al precipitarse
sobre ella, una botella que tiene a la derecha, con la que tropieza su
brazo,
abandonando su posición perpendicular, derrama un abundante
caño de Valdepeñas
sobre el capón y el mantel; corre el vino, auméntase la
algazara, llueve la sal
sobre el vino para salvar el mantel; para salvar la mesa se ingiere por
debajo
de él una servilleta, y una eminencia se levanta sobre el teatro
de tantas
ruinas. Una criada toda azorada retira el capón en el plato de
su salsa; al
pasar sobre mí hace una pequeña inclinación, y una
lluvia maléfica de grasa desciende,
como el rocío sobre los prados, a dejar eternas huellas en mi
pantalón color de
perla; la angustia y el aturdimiento de la criada no conocen
término; retírase
atolondrada sin acertar con las excusas; al volverse tropieza con el
criado,
que traía una docena de platos limpios y una salvilla con las
copas para los
vinos generosos, y toda aquella máquina viene al suelo con el
más horroroso
estruendo y confusión. “¡Por San Pedro!”, exclama dando
una voz Braulio,
difundida ya sobre sus facciones una palidez mortal, al paso que brota
fuego
del rostro de su esposa. “Pero sigamos, señores, no ha sido
nada”, añade
volviendo en sí.
(……)
¿Hay más
desgracias?¡Santo cielo!¡Sí, las hay para mí,
infeliz! Doña Juana, la de los
dientes negros y amarillos, me alarga de su plato y con su propio
tenedor una
fineza, que es indispensable aceptar y tragar; el niño se
divierte en despedir
a los ojos de los concurrentes los huesos disparados de las cerezas;
don
Leandro me hace probar el manzanilla exquisito, que he rehusado, en su
misma
copa, que conserva las indelebles señales de sus labios
grasientos; mi gordo
fuma ya sin cesar y me hace cañón de su chimenea; por
fin, ¡oh, última de las
desgracias!, crece el alboroto y la conversación; roncas ya las
voces, piden
versos y décimas y no hay más poeta que yo.”
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Mariano José de Larra
escribió a la tierna edad de 23 añitos el artículo
“CARTA A ANDRÉS” en “El
Pobrecito Hablador”, revista unipersonal, publicada por él mismo
desde 1832
hasta 1833. En él se queja con amargura de la incultura general
que asola la
España de aquella época.
Como él mismo dice al principio del artículo: “¿No
se lee en este país porque no se escribe, o no se escribe porque
no se lee?”
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“Y para confirmación
de esto mismo, un diálogo quiero referirte que con cuatro
batuecos de éstos
tuve no ha mucho, en que todos vinieron a contestarme en substancia una
misma
cosa, concluyendo cada uno a su tono y como quiera:
- Aprenda
usted
la lengua del país –les decía-. Coja usted la
gramática.
- La parda
es la
que yo necesito –me interrumpió elo más desembarazado,
con aire zumbón y de
chulo, fruta del país-: Lo mismo es decir las cosas de un modo
que de otro.
- Escriba
usted
la lengua con corrección.
-
¡Monadas! ¿Qué
más dará escribir vino con b que con v? ¿Si
pasará por eso de ser vino?
- Cultive
usted
el latín.
- Yo no he
de
ser cura, ni tengo que decir misa.
- El griego.
-
¿Para qué, si
nadie me lo ha de entender?
- Dese
usted a
las matemáticas.
- Ya
sé sumar y
restar, que es todo lo que puedo ncesitar para ajustar mis cuentas.
- Aprenda
usted
física. Le enseñará a conocer los fenómenos
de la naturaleza.
-
¿Quiere usted
más fenómenos que los que está uno viendo todos
los días?
- Historia
natural. La botánica le enseñará el conocimiento
de las plantas.
-
¿Tengo yo cara
de herbolario? Las que son de comer, guisadas me las han de dar.
- La
zoología le
enseñará a conocer los animales y sus...
-
¡Ay! ¡Si viera
usted cuántos animales conozco ya!
- La
mineralogía
le enseñará el conocimiento de los metales, de los...
- Mientras
no me
enseñe dónde tengo que encontrar una mina, no hacemos
nada.
- Estudie
usted
la geografía.
- Ande
usted,
que si el día de mañana tengo que hacer un viaje, dinero
es lo que necesito, y
no geografía; ya sabrá el postillón del camino,
que ésa es su obligación, y
dónde está el pueblo a donde voy.
- Lenguas.
- No estudio
para intérprete: si voy al extranjero, en llevando dinero ya me
entenderán, que
ésa es la lengua universal.
-
Humanidades,
bellas letras...
-
¿Letras? De
cambio: todo lo demás es broma.
- Siquiera
un
poco de retórica y poesía.
-
Sí, sí,
véngame usted con coplas; ¡para retórica estoy yo!
Y si por las comedias lo
dice usted, yo no las tengo de hacer: traduciditas del francés
me las han de
dar en el teatro.
- La
historia.
-
Demasiadas
historias tengo yo en la cabeza.
-
Sabrá usted lo que han hecho los hombres...
-
¡Calle usted
por Dios! ¿Quién le ha dicho a usted que cuentan las
historias una sola palabra
de verdad? ¡Es bueno que no sabe uno lo que pasa en casa...!
Y por
último
concluyeron:
- Mire
usted –dijo
el uno-, déjeme usted de quebraderos de cabeza; mayorazgo soy, y
el saber es
para los hombres que no tienen sobre qué caerse muertos.
-
Mire usted
–dijo otro-, mi tío es general, y ya tengo una chatarrera a los
quince años,
otra vendrá con el tiempo, y algo más, sin necesidad de
quemarme las cejas;
para llevar el chafarote al lado y lucir la casaca no se necesita mucha
ciencia.
-
Mire usted
–dijo el tercero-, en mi familia nadie ha estudiado, porque las gentes
de la
sangre azul no han de ser médicos ni abogados, ni han de
trabajar como la
canalla... Si me quiere usted decir que Don Fulano se granjeó un
grande empleo
por su ciencia y su saber, ¡buen provecho!¿Quien
será él cuando ha estudiado?
Yo no quiero degradarme.
-
Mire usted
–concluyó el último-, verdad es que yo no tengo grandes
riquezas, pero tengo
tal cual letra; ya he logrado meter la cabeza en rentas por
empeños de mi
madre; un amigo nunca me ha de faltar, ni un empleíllo de mala
muerte; y para
ser oficinista no es preciso ser ningún catedrático de
Alcalá ni de Salamanca.
Bendito
sea
Dios, Andrés, bendito sea Dios, que se ha servido con su alta
misericordia
aclararnos un poco las ideas en este particular. De estas poderosas
razones
trae su origen el no estudiar, del no estudiar nace el no saber, y del
no saber
es secuela indispensable ese hastío y ese tedio que a los libros
tenemos, que
tanto redunda en honra y provecho, y sobre todo en descanso de la
patria.”
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“EL SEÑOR DE LOS ANILLOS”,
de J.R.R.Tolkien.
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“-
Lo
lamento –dijo Frodo-; estoy
asustado y no siento ninguna lástima por Gollum.
- No lo has
visto –interrumpió Gandalf.
- No, y no
quiero verlo –replicó Frodo-.
No puedo entenderte. ¿Quieres decir que tú y los Elfos
habéis dejado que
siguiera vivo después de todas esas horribles hazañas?
Ahora, de cualquier
modo, es tan malo como un orco, y además un enemigo. Merece la
muerte.
- La
merece, sin duda. Muchos de los que
viven merecen morir, y algunos de los que mueren merecen la vida.
¿Puedes
devolver la vida? Entonces no te apresures a dispensar la muerte, pues
ni el
más sabio conoce el fin de todos los caminos.”
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