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Estrella Leprosa EL BÁTER, ESE GRAN DESCONOCIDO Estrella Leprosa

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     Oh, el báter, ese ignoto paraje!. Lugar de pasiones, desencuentros, romances solitarios, cigarros furtivos y tempranas masturbaciones azoradas. ¡Cuántas horas de angustia y cuantas lecturas reconfortantes –sobre todo los prospectos del champú- habremos padecido en su regazo!, ¡Cuántas importantes decisiones se habrán tomado aquí sentados!,... ¡CUANTOS ZURULLOS RASOS Y BOMBEADOS HABRÁN PASADO POR ESTOS LADOS!

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     Pero ¿qué coño es un báter?, ¿de qué materia está hecho?, ¿de dónde sale ese olor tan fuerte?, ¿por qué no tienen motor los báteres surafricanos?. Todas estas preguntas y algunas otras que ahora obviamos omitir, seguro que se os han pasado por la cabeza en alguna que otra ocasión. Es el momento, amiguitos, de superar ese trauma infantil que os corroe y que os enteréis, de una vez por todas, de los mil y un secretos que esconde una sencilla pieza de cerámica retostada por el uso.

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      El báter es el sitio donde las personas, y algunos animales, hacen sus necesidades. Pero no sólo estos, sino también algunos de sus invitados y familiares. El báter es, de hecho, lo que más se utiliza en una casa –o al menos en la mía- y además sirve para adornar el cuarto de baño, para que no quede muy vacío. Algunas personas incluso lo utilizan para descansar, pero eso es otro tema del que hoy no vamos a departir.

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     Pues como iba diciendo, el báter es el sitio donde echamos las cosas malas que produce nuestro cuerpo con lo que comemos y bebemos. Un báter suele ser bonito, de formas sinuosas y de suave aunque frío tacto. Hay báteres minúsculos, medianos, cochinos, resultones, inquietos, redondetes, ortopédicos, estilizados, enormes y otros tan grandes que parece que te van a comer. Hay báteres de color cagueta, otros blancos más discretos, rositas o azul cielo. A mí, por ejemplo, me gustaría tener uno de color lila y llenarlo de cervezas para bebérmelas sin que nadie se enterase. Algún día lo haré.

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      Pero bueno, vamos a ver ahora cómo es este instrumento y de qué se compone. Para empezar estudiaremos la cadena o cisterna (llamada así, al parecer, porque la inventaron unos monjes cistercienses allá en el siglo XII y pico), que no es más que un botón al que le aprietas para que salga el agua y se lo lleve todo. Si no tiras de la cadena, lo de dentro echa peste, y a veces aunque tires, tienes que ponerle cosas para que no huela, porque hay cada un@ que..., ¡jo!, ¡debe estar podrid@!.

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      Otra parte es la tapadera, que sirve también para que no salga la peste de que hablábamos, pero sobre todo y fundamentalmente para que no se vea el agujero que hay en el fondo. El agujero es precisamente la parte por donde se van los excrementos y todo eso.

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      Otra parte distinta es la tapadera que hay debajo de la otra tapadera. Esta última tapadera, y no por ser la última, menos importante, sirve para que los chicos la mojen cuando hacen pipí. Luego está el recipiente propiamente dicho, que por cierto, siempre está lleno de agua. Cuando tiras de la cadena ese recipiente se llena mucho más para luego casi vaciarse y volverse a llenar. El agua resultante de todo este trasiego sale por una tubería que va a un pintoresco lugar llamado “balsa de las mierdas” que, a su vez, es otra de las partes fundamentales del báter. Desde allí el agua pasa por unas turbinas y luego se usa para, entre otras cosas, regar los campos, apagar incendios o meter espárragos en conserva. A mí particularmente me gusta mucho   tirar  de   la  cisterna  y  ver  como  el líquido se lleva toda la mierda y el papel. Es un momento apasionante, cojonudo, aunque a veces se salen de la taza unas gotitas de agua que, o bien te refrescan el culo, te salpican los cataplines o te mancillan los zapatos.

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      Bueno, se me olvidaba que el báter, o al menos el mío y el de mi primo Ricardo, tiene al lado un artilugio para limpiarlo que se llama escobilla. Para los que no sepan de qué les hablo les diré que es como un cepillo de dientes gordo, sólo que éste no hay quien se lo meta a la boca.

      En fin, resumiendo, diré que yo me lo paso pipa cuando estoy en el báter. Es que, además, mientras cagas puedes leer tebeos, revistas porno, el Diez Minutos o manuales de ganchillo y macramé. Lo malo es que cuando un@ tarda mucho en levantarse se le duermen las piernas y le da un cosquilleo tremendo. Pero bueno, eso son males menores. La verdad es que hay que reconocer que sin él estamos perdidos. ¡Viva el báter, viva y viva! ... pero eso sí: que no sean tan marranos como el del cine de mi barrio.


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¿Habéis tirao de la cadena?
Pos ya podemos irnos!!!!


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